Los miedos

El no plan siempre es el mejor plan. El volver al silencio para mirar hacia dentro siempre fue el mejor de los viajes.

Una hamaca, aire freso y silencio son los elementos necesarios para descansar. Y no hacer nada, que ya es demasiado. No hacer nada es hacer todo aquello a lo que se tiene miedo. Miedo a la soledad, miedo al no plan, miedo a observarte por dentro, miedo a no saber, miedo a volver y no conseguir lo que quieres, miedo al fracaso, al rechazo, al goshting y todo lo que termine en -ing. El miedo, tan necesario para hacer todo lo que nos da miedo.

No es solo enfrentarse al miedo. Es desgranarlo, analizarlo y ver qué es lo peor que puede pasar a pesar del miedo. Entonces, si estás preparad@ para las consecuencias, estarás preparad@ para todo. Ahí, tendrás la solución, y te darás cuenta que los valientes no son los que trazan el plan, sino los que van a a la guerra. A sabiendas de saber que nada les protegerá, solo la convicción personal de que tener miedo no les salvará. Nada da tanto miedo como el hecho de no intentarlo.

Por eso, siempre me parecerá un buen plan el no plan. Ese lugar, donde el miedo no tiene cabida, porque se vive en presente, donde los planes futuros no existen y dónde pensar más allá del ahora no se estila. Ese lugar, donde siempre tendré una hamaca, aire fresco y silencio para pensar.

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Saber despedirse

Renunciar, alejar, apartar, esparcir…

No creo que en las despedidas. Despedirse de alguien es saber por adelantado que no le vas a ver más. Por ello, cada vez más, reniego un poco de los ritos, protocolos y demás procedimientos para decir adiós. Aunque en el fondo, sea un hasta la vista.

Mirando a Elena con pañuelo vintage

Siempre he pensado, que las personas no se van de nuestras vidas, sino que parte de ellas viven en nuestro recuerdo y un poco en la forma que tenemos de hacer determinadas cosas, y de tratar a las personas. Algo intrínseco, imperceptible y poderosamente mágico vive en forma de luz en alguna parte de nuestra alma. Aplico la generalidad a las que están pero no quieren estar junto a ti y las que irremediablemente la vida para ellos ya ha terminado, o empezado; según se mire.

Cuando alguien se va a ir, lo sabes. Algo no brilla con la misma intensidad, no tiene el mismo color o incluso es la mirada quien te avisa que ya nada será como antes. Vives en la incertidumbre constante de no saber cuándo dejarás de verlo/a.

Y es entonces cuando se va. Con la misma ligereza y parsimonia con la que se vivía los últimos días a su lado. Y descansa. Esta palabra, ya en su conjunto trae irremediablemente paz. La misma, la que a veces, no encuentras entre tanto barullo, pero está, un viernes de junio en el salón de tu hogar.

Los que se van, siempre están. En forma de recuerdo, en forma de pañuelo vintage, en forma de bolso, de vestido, de abrigo de felpa bueno, de los que pesan y quitan frío…

Por ello, no se me ocurre forma mejor, que seguir acordándome, de vez en cuando, de estos momentos; de los domingos… y de prácticamente, toda una vida fragmentada en anécdotas e instantes fugaces que me acompañan allá donde voy.

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Amigas Faro

Tengo algún que otro grupo reducido e inconexo entre sí de amigas faro que veo menos de lo que me gustaría. Por circunstancias varias, vivimos en diferentes contextos vitales ó incluso ciudades, pero de vez en cuando, surgen pequeñas alineaciones astrales y agendiles que me permiten seguir disfrutando de ellas. Son esas personas que te traen luz en medio de la tempestad, que hacen de las conversaciones mundanas un análisis de cómo y por qué pasan las cosas así. En las que hablar de meditación, emociones, ansiedad, relaciones y futuro es lo mas normal (y necesario). Porque como bien decía B, tenemos un pequeño foro. Donde cada palabra se convierte en toda una declaración de intenciones. Donde las experiencias son compartidas y vividas a tiempo pasado con más intensidad aún si cabe. Porque nunca una opinión fue más consejo y un consejo más un deber.

Ellas ponen, sin quererlo, el listón de la amistad y sus valores muy alto. El de los planes improvisados, o mejor dicho, los planes planeados, poniendo una cruz bien grande en el calendario, sabiendo con toda seguridad que nada ni nadie fallará a ultima hora, porque la prioridad somos nosotras. 

Es lo que tiene estar en otro mood emocional, en otra onda, o en otro universo. Que muchas veces pretendo que todas las conversaciones sean puras y llenas de emoción. Y no se puede, porque no todos estamos en el mismo punto de involucración. Porque no todos estamos en el mismo punto de autoconocimiento. Porque no todos sabemos tratar según qué temas y según con quién. Y porque el grado de empatía y respeto debe se superior al aplicado en cualquier otra situación. Y eso, requiere esfuerzo, compromiso y generosidad, pero sobre todo, mucho amor.

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Cierre de año

Porque si está de ser, seguramente será. Y así es, como después de la tormenta, vino la calma. Esa maravillosa calma que llega cuando ni te la esperas ni te la piensas, porque tú ya te has acostumbrado a vivir bajo una incertidumbre cronificada en el tiempo, de la que sólo los que han pasado por ella saben la sensación de desasosiego y desamparo que se tiene.

Siempre he pensado, que los grandes acontecimientos y las mejores cosas, viene sin avisar. Como las buenas noticias que te cambian la vida. Como Carlota.

Entonces, poco celebras ya, porque en el fondo piensas: «Pues ha llegado». Sonríes. Y agradeces, de alguna forma, a la vida, a Dios o al karma que te hayan elegido para engrosar la lista de las buenas noticias. Y que a las puertas del 2022 solo atisbes a dar las gracias, llorar de alegría y recordarte: «lo hemos conseguido».

Por eso, a escasos días de terminar este año, me pienso y me cuido mucho. Extraigo lo mejor y lo menos bueno. Y elaboro aprendizajes mentales, que me van definiendo y construyendo como la persona que soy ahora. Sé que he cambiado, y agradezco la revolución interna vivida. Porque, el tiempo nos cambia, las batallas nos definen, pero la esencia queda intacta. A pesar de las circunstancias en las que vivimos, de la imperfección permanente, de mi madurez sesgada por una pandemia y del cuento que cambió; Estoy feliz, en paz. Porque al final, mi presente se va formando de rayos de esperanza, ilusión y energía por seguir siendo mejor para mí y para la niña que siempre fui.

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Mi nuevo yo

Mi nuevo yo es más liviano. Más sutil y despreocupado. Más lineal, con ciertos picos de intensidad y drama necesarios para que no se me olvide que, a veces, las batallas dejan marca. Mi nuevo yo, no planifica en exceso, no se obsesiona por lo que piensen los demás y consigue fluir de una forma más natural.

Mi nuevo yo, habla sin tapujos de lo importante, no encubre las emociones, pero evita regodearse en lo que pudo ser y no fué. Mi nuevo yo, es selectivo a la hora de hablar según el qué y con quién. Porque en este punto, quizás, prefiera escuchar más y hablar menos según el qué y con quién. De nuevo.

Mi nuevo yo, está en evolución constante, porque cuando tu vida en general está en pleno proceso de cambio y asentada bajo los cimientos de lo imprevisto y desconocido sencillamente se adapta a lo que viene. Y ahí, reside el reto en todos los aspectos de mi vida, y quizás, también de la tuya.

Mi nuevo yo, ya no espera gratificaciones instantáneas, aunque a veces, sin quererlo siempre hay algunas que hacen de aquello de lo que renegabas sea lo que te traiga más momentos de luz. Y eso, también es magia.

Mi nuevo yo, quizás tenga cierto desamor y melancolía, seguramente tenga resquicios del pasado deambulando por el submundo de lo que no pensamos diariamente pero que late constantemente. Por eso, cuando esto pasa, se revuelve, se desboca y me toca salir a su encuentro. Un auto rescate, una conversación conmigo misma que termina tiempo después con un balance y recordatorio constante de que todo es tal y como estaba de suceder.  

Entonces, me calmo. Analizo y vuelvo a extraer todo lo positivo que esta etapa me está reportando de una u otra forma. Y lo que tenga que venir vendrá, un día cualquiera, sin previo aviso y sin esperarlo. Porque si está de ser, seguramente será.  

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Cumplir etapas

Y me he dado cuenta, que solo el paso de los años, te da esa casi inquebrantable seguridad y madurez de afrontar todo lo que tenga que pasar. Desde hace algún tiempo atrás, no hay grandes celebraciones, ni pregunto disponibilidades ajenas, porque lo que más me gusta es dejarme sorprender y planear según vaya sintiendo. Entonces ahí te darás cuenta que están los que tenían que estar.

Siempre he pensado que es obligado soplar las velas. Pocas veces tienes la oportunidad de pedir deseos de forma tan altruista. Según la época en la que estés cumpliendo años, esta celebración puede ser concebida como una «losa social» por no tener ciertas características asociada a la edad ó por el contrario, una celebración por seguir respirando. Con el tiempo, encuentro más adeptos a la segunda opción.

La libertad que te proporciona cumplir años despojada de ciertas responsabilidades y con la satisfacción de enfundarte en un vestido de los 23 pocas personas la tienen. De ahí, y de otras cosas, viene toda esa paz mental y la constante observación, de que a pesar de la tormenta exterior, y haber cumplido un año más abocada a seguir moviéndome cuál sirena (ya experimentada) en aguas turbulentas, desconocidas y con oleaje no siempre a favor, salgo siempre a flote.

Quizás es esto mismo lo que me enseñó el año que dejo atrás; tener esa sutileza y energía más o menos constante de moverme como pez en el agua fuera de la zona de confort o de lo «socialmente» estipulado a la edad. Entonces me puedo dar por satisfecha. Gracias a mis 33 que tanto me han vuelto a enseñar.

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El arte de la aceptación

Ó el arte de la no frustración. Admiro ese poder intrínseco que tienen algunas personas de aceptar y fluir con todo lo no previsto que acontece en su vida.

Admiro el poder de aceptación y trabajo en ese sentido. Ese «digerir emocional» de cómo están las cosas. Ni bien, ni mal, sencillamente están.

Aprender a aceptar es un súper poder que nace de la voluntad y el esfuerzo diario de darle la «vuelta a la tortilla», de cambiar ese punto de vista y de evitar mirar atrás. Porque lo importante es cómo te desenvuelves en el ahora.

Aceptar se acepta todo. Pero los resquicios de frustración, tristeza y apatía hay que saberlos gestionar. Ése es el verdadero artista, el que hace de todo este proceso un episodio épico donde por supuesto la batalla siempre es ganada.

Quizás tú también formes parte de esa aceptación mundial de que las cosas, no siempre vienen como pensabas. Que hay piezas que no encajan y que a la película creada allá por los 2000 le faltan tramas y le sobran batallas. No te quedará otra, que aceptar el papel asignado; echarle imaginación, fortaleza y cierta dosis de comicidad para ver que lo importante nunca fue la sinopsis en sí, sino la forma en que el protagonista se hizo con todo.

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Levantarse es una obligación

«Triunfar en la vida no es ganar, es volver a levantarse» (Rafael Santandreu)

Parecía premonitorio cuando lo leía unos días atrás. Porque sí. A levantarse se aprende a base de caerse, de que te caigan y de que no las veas venir.

No es ceguera, son cosas que pasan.

La verdadera victoria nunca la verás, nunca será una victoria «al uso» de aquellas que te reportan un bien material o algo comúnmente aceptado por todos. Las victorias, a veces, vienen en silencio, sin demasiado jolgorio, en forma de vivencia, de amistad o de familia. Entonces, el verdadero éxito no habrá sido ganar en sí, sino haber aprendido que después de la caída siempre volviste a andar.

Ahí se forjará la verdadera resiliencia. Tus fortalezas y tú yo más puro.Te moldearás a ti mismo tantas veces como tropiezos tengas y conseguirás hacer una armadura a prueba de caídas libres.

Nunca sabrás cuándo te caerás, tampoco si habrá piedras por el camino, pero cuánto más preparad@ vayas emocionalmente sabrás reponerte más fácilmente.

Por último, deseo, espero y ansío que nunca cejes en el empeño de que levantarse, no es una opción, es una obligación.

Por ese brindis Carlos, y los nuevos comienzos

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15 meses y 28 días después

Este tiempo ha bastando para volver. Para tener ese estado «socialmente aceptado» de trabajadora. Ahora sé, que el trabajo no lo es todo, que este no define a las personas, que nada ni nadie es indefinido ni imprescindible, que lo único constante en la vida es el cambio; y que lo verdaderamente importante es la salud. Real.

1 año, 3 meses y 28 días después, no habido grandes cambios aunque, quizás el más significativo de todos, sea el que no se ve, pero tú, lo sientes. De aquí, aprendí también, que los cambios se hacen tangibles con el tiempo. 

Con m u u u u c h o t i e e e m p o.

Supongo que era necesario volver a los orígenes, familiares y laborales. Conectar con mi yo más profundo y practicar la auto compasión. Jugar con Carlota. Perder la vergüenza. Practicar más ejercicio. Construir Legos. Reconciliarme con los domingos. Valorar, aún más, la verdadera amistad. Devorar libros. Aprender a cocinar, de verdad. Pero sobre todo, ser consciente que a pesar de todo, siempre fui una privilegiada. Aunque yo, no lo viese hasta los últimos meses. 

Tenía que ser así. Pasado el tiempo, he aprendido que no por más desear las cosas salen antes. Que lamentarse solo alimenta tus pensamientos más tóxicos. Que aceptar no es resignarse; es vivir el presente con actitud y optimismo. Que todo pasa PARA algo. Y que, asimilado todo lo anterior, lo más importante es la versión que sacas de ti mism@ después de la tormenta: más resiliencia, más fortaleza y más confianza. Pues entonces, valió la pena.

Una vez leí que cuando no nos enfrentamos de forma consciente a las cosas, estas, se aparecen en forma de destino. En ese momento, supe que mi destino estaba escrito muchos años atrás y que solo bastaron dos palabras para que se hiciera realidad. 

1 año, 3 meses y 28 días después, tengo trabajo. Por eso, disfruto y valoro la oportunidad de volver a ser parte de aquello que siempre me gustó: comunicar. Me tomo mi tiempo antes de dormir para seguir agradeciendo lo afortunada que soy; y no solo por trabajar sino por haber aprendido, interiorizado y transformado aquello que tenía pendiente. Gracias.

«Lo que niegas te sometes, lo que aceptas te transforma» (Carl Gustav Jung médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo.)

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La no pertenencia a los lugares

Con los meses he aprendido a no tener esa sensación irrefutable y casi mágica de no pertenecer a esos lugares de los que nunca fui o que con el tiempo me di cuenta que no eran para mí.

A no pertenecer se aprende a base de vivir fuera de la zona de confort, por obligación o elección. De concebir cada día como algo diferente e irrepetible y a vivir con esa extraña, pero cada vez más nuestra, percepción, de que nada es para siempre.

Cuando careces del sentido de pertenencia hacia un lugar, no sufres ni lloras. Sencillamente vas y vienes. Un día llegas y al cabo de 2 meses y medio te vas. Con la misma sensación de no dejar demasiadas pertenencias emocionales por el camino, aunque a veces sea demasiado tarde.

No pertenecer a los lugares, te hace más libre, porque sabes, ya de un tiempo atrás, que en cualquier momento todo vuelve a cambiar y tendrás que volver a empezar.

Por eso, de los lugares en los que estoy, me quedo con la vibra, con las formas y sobre todo con las miradas. Entonces, fabrico un recuerdo y con él, esa maravillosa emoción que tenemos de volver a ella siempre que queramos.

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