He pasado por 2 catarsis en tres meses y aunque no tendría mayor transcendencia, lo cierto es que se me hace raro experimentarlas en entornos donde jamás hubiese imaginado vivirlas.
Llevo ya dos años en un aprendizaje cronificado de como gestionar mi impulsividad innata con el «perfil bajo» que tanto intento trabajar. Pasa que a veces se me olvida, y me confío, y despliego mis emociones más auténticas pensando que enfrente tengo la misma correspondencia. Pero no.
Ir de frente se cotiza caro. Yo que siempre fui cristalina, de meterme en jardines sin pretenderlo y de confiar de primeras, me encuentro en un entorno nunca antes explorado. Donde debería ser abanderada de la cautela y la prudencia.
Y lo peor de todo es que se me olvida aprenderlo. Porque en el fondo nunca me vi tan vulnerable en un entorno tan aparentemente hostil.
Reaprender en ciertos entornos los códigos de conducta establecidos, llenos de opacidad y sinsentido, se me hace complicado. Yo, que siempre fui disciplinda y perseverante, a la hora de mostrarme tal y como soy, no sé donde poner el límite, porque pienso que todos estamos en el mismo barco. Pero no. Y ahí está la lección primera de todo esto.
Por suerte, siempre hay cierto destello en las catarsis vividas, en las vivencias adquiridas y en las personas que que estan cerca de ti, que esta vez sí, están en el mismo barco. Reman a favor, te sostienen cuando no sabes ni por dónde continuar y te dan las guías de como sobrevevir.
Si el viaje se alargase, ojalá nunca me falten.
En ciertos lugares, no se hace amigos, ni se comparte ciertas vivencias y por supuesto no compartes tus impresiones. Sigo aprendiendo lección.









